Hace unos meses, tras decretarse un ERE en mi empresa, emigré al Reino Unido en busca de oportunidades. Movilidad exterior. Así lo llama la ministra. Otros, como la secretaria de inmigración, creen que seguí el impulso de mi espíritu aventurero.

Tras varios meses viviendo la aventura de la movilidad exterior, el miércoles, por fin, tuve una entrevista de trabajo. Después de digerir las declaraciones de Fátima Báñez, traté de enfocarme hacia el polo positivo.

– Al fin y al cabo, tengo suerte-, pensé, mientras esperaba en una sala a que llegara mi turno. Se trata de un empleo de fin de semana, como asistente de almacén. Me pagarían 6 libras y 70 peniques la hora. Mi disponibilidad debe ser completa. Si me dieran la oportunidad de trabajar nueve horas cada día, durante cuatro fines de semana, cobraría 483 libras al mes. Y, de verdad, estoy contenta. Tengo mucha suerte.

Mientras espero a que la simpática entrevistadora fotocopie mis documentos, repaso en mi mente, algo nerviosa, las habilidades que debe tener una stock assistant. Me sonrío para mis adentros.

Yo, en realidad, soy periodista (o intento serlo). Durante los últimos siete años de mi vida he presentado un informativo diario, de una hora de duración, en una televisión autonómica. Estoy acostumbrada a la presión del directo. Pero el miércoles, ante la sonriente británica de ojos azules, me temblaban algo las piernas. Sería mi espíritu aventurero.

Tiene gracia, sí. Sobre todo porque, después de cotizar durante 11 años (tengo 32) para el sistema español, tengo derecho a dos de paro. Si tratas de buscar oportunidades en el extranjero y mejorar el pésimo inglés que nos ha dado la educación en nuestro país, puedes cobrarlo durante tres meses (seis, como máximo). Movilidad exterior, lo llama la ministra. Aventura, lo llaman otros.

Trato de tranquilizarme. Al fin y al cabo, tengo suerte: me defiendo con el idioma. Las clases que mis mini-sueldos pagaron durante años ahora me permiten suplicar un trabajo precario a la señora de ojos azules.

La entrevistadora llega al capítulo de la experiencia profesional.

Un pequeño silencio. Mientras me mira por encima de sus gafas, yo repaso mi currículum como vendedora. Debo decir que he redactado 5 currículos diferentes: vendedora, camarera, limpiadora, niñera y cuidadora de ancianos. No puedo evitar volver a sonreírme mientras le echo imaginación al asunto. Es gracioso.

Antes de acabar la carrera de periodismo, pagada con el esfuerzo de mis padres, me apresuré a conseguir prácticas profesionales. Trabajé gratis y después conseguí que me pagaran una miseria. Un golpe de suerte (o de empeño) me llevó a trabajar en una televisión, sostenida por una administración pública. Parecía que había seguido el camino correcto hacia el mileurismo.

Hasta que la mala gestión y el despilfarro, convirtieron la senda, en precipicio.

Ese camino, el que prometía que con esfuerzo y sacrificio lograrías vivir una vida digna, me ha llevado hasta aquí: Estoy frente a una dependienta del Primark, intentando convencerla de que soy una buenísima dobladora de ropa.

Termina la entrevista. La afable entrevistadora me comenta que tienen muchas solicitudes para el puesto y me pregunta si voy a hacer unas compras. Vuelvo a sonreír. Ni consiguiendo el puesto de trabajo, cosa que dudo, podría entretenerme haciendo shopping, teniendo en cuenta lo que pago de alquiler.

Pero yo tengo mucha, muchísima suerte, pienso, mientras recorro los pasillos de la tienda hacia la salida. No tengo una hipoteca, no tengo hijos y no tengo deudas.

Estoy mejor que muchos de los 400.000 españoles, la gran mayoría con una excelente formación y experiencia laboral, que han huido de nuestro país sin un duro en el bolsillo.

Estoy mejor que los que se han quedado, jóvenes con formación y estudios, y que no pueden optar ni a un trabajo precario.

Estoy mejor que las familias que sobreviven con la exigua pensión del abuelo.

Mejor que los que echan de sus casas por no querer quitarle el pan de la boca a sus hijos.

Mejor que las familias de aquellos que han preferido la muerte a enfrentarse a la presión de un banco por las deudas.

Es para sentirse afortunada. Y triste, muy triste.

No me considero una persona derrotista. A lo mejor soy muy cabezota, pero sigo teniendo la esperanza de que, quizá, algún día, pueda volver a dedicarme a un oficio que me apasiona y para el que me he preparado durante tantos años. Continúo publicando en un blog e intento seguir colaborando con algún medio de comunicación.

Pero, por si acaso, me he guardado un as en la manga. Un as a precio de oro. Acabo de pagar una millonada para hacer un máster que, con suerte, me permita encontrar un trabajo digno y por supuesto, fuera de España. Será mi espíritu aventurero. Si consigo pagarlo doblando ropa, sirviendo copas o limpiando váteres seguiré siendo muy afortunada.

Movilidad exterior, lo llama la ministra.